A pesar de lo mucho que pugnaba por no pensar en el, sin embargo, tampoco intentaba olvidarle. De noche, a última hora, cuando el agotamiento por la falta de sueñño derribaba mis defensas, me preocupaba el hecho de que todo pareciera estar desvaneciendose, que mi mente fuera al final un colador incapaz de recordar el tono exacto del color de sus ojos, la sensación de su piel fria o la textura de su voz. No podía pensar en todo esto, pero debía recordarlo.
Bastaba con que creyera que el existía para que yo pudiera sobrevivir. Podría soportar todo lo demás mientras supiera que el existía.
Era una forma muy complicada de vivir: prohibiéndome recordar y aterrorizada por el olvido.
y tienen en su triunfo su propia muerte,
del mismo modo que se consumen
el fuego y la pólvora en un beso voraz.
(Romeo y Julieta, acto II, escena VI)
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